viernes, 10 de febrero de 2012

Paulita, arroz y vino


Un día me había visto en la penosa necesidad de llamarte. Prometí que no volvería hacerlo, pero no me quedó opción.

Corrí a buscar una moneda y el calzado necesario para ir a escuchar tu voz. Simplemente era eso. Ni siquiera hablarte, escuchar tu respiración hubiese sido suficiente.

Corro con la fortuna de que no tengo los número viejos de aquel teléfono que perdí en la capital. Ni una pista, ni siquiera una sospecha de cómo sería tu número. Nuevamente a salvo.

Siempre he sido de placeres sencillos. Me gusta sonreirle a desconocidas en el bus, es lo que me alegra el día. Afortunadamente recibo una a cambio más frecuente de lo que pareciese. Un café con leche, un cigarrillo de vez en cuando, hablar de música y llegar a desacuerdos con todo el mundo acerca de la música comercial y la música que NO es para todo el mundo.

El placer de un vino barato, de una copa bien charlada y conversada, el hablar sin censura de lo que ocurre en el mundo como si a alguien le importara. Cuento con cómplices y alcahuetas que me han ayudado a no necesitar una camisa de fuerza antes de tiempo. Claramente les puedo llamar amigos. Los siento así.

Comparto mis pulmones con más de 800 personas al día, Quizás menos, pero al llegar a casa siento que me he acabado un poco más de tanta polución "social".

Intentaré visitar este espacio y compartir unas letras más a menudo. No digo que regrese, porque nunca he estado aquí del todo.