Un día me levante de cama y sin pensarlo dos veces me fui al escritorio a escribir.
Hice lo mismo durante meses, años quizás, pero esta vez fue diferente, no salí de mi pieza en todo el día, estuve escribiendo por horas.
El destinatario no era más que yo mismo. Era una lista de reclamos, de acusaciones falsas en mi contra, de exigencias y exageraciones. De mentiras y realidades tan bien combinadas que no supe finalmente que era lo que no era verdad.
Me insinué que había tenido la culpa de todas las cosas malas que me habían pasado en el pasado, desde levantarme tarde hasta la más acolarada discusión que tuve en ese entonces. Me recriminé sin anestesia, me ofendí hasta el cansancio, sin saber que responder, me atrapé en ese instante de rabia y miedo, era más del medio día y había escrito más de 12 páginas.
Sabía que el destinatario sería mi propio ego, mi alterego, un yo que no existía, un yo a quien pelearle y discutirle estupideces sin sentido, cosas las cuales en el fondo sabía que no tenía la culpa pero que de mera cuestión de ser un pendejo apasionado deje ahogarme en las penas de cargar la cruz de la culpa.
Sabía que solo era un tema que giraba en torno a todos, tu, ella, la misma de siempre.
Desafortunadamente nunca pude responderme, olvide escribir remitente en la nota.
