Eso fue lo primero que leí al levantarme en el titular del periódico.
Mi papá hacía el crucigrama y mi mamá medio dormida
intentaba reaccionar de que ya estábamos todos en píe. “¿Chocolate o agua de
panela?” me preguntó como atenta a lo que yo quisiera.
Que calor tan espeluznante el de anoche. Me vi cubierto de
pesadillas y al escozor de la ansiedad de cosas inentendibles. Me sentí perdido
en medio de la madrugada, intentado despertar, de pesadilla tras pesadilla que
no tenían sentido.
Incluí una oración, un vaso de agua con sabor a té y poner
un poco de música para calmar el momento. “Mono, Mono siempre es bueno para
estos momentos, me dije como si requiera una confirmación de lo que quería oír”.
El resto de la mañana fue una fatalidad, ya era seis menos cuarto y el olor a café del vecindario no me dejó pegar pestañas, había pasado
casi de largo y había arruinado otro sueño de fin de semana.
¿Podré recargar las pilas un domingo aunque sea? El insomnio
se mantiene invicto.

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